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En estos tiempos se habla mucho de ciudades inteligentes y de la importancia de las redes 5G, los sensores y los datos masivos para alcanzar esa denominación. Sin embargo, se habla muy poco del ciudadano, que es el alma de esa transformación. El sentido de crear ciudades inteligentes no radica solo en cómo automatizamos todo, sino en cómo incluimos al ciudadano en ese proceso de cambio.

Una ciudad inteligente no puede limitarse a medirlo todo. Su verdadera inteligencia reside en escuchar las necesidades de la gente, las historias de los barrios, y con esa información construir una plataforma que permita educar y vivir dignamente, en un entorno donde la inteligencia funcione en ambas direcciones.
Existen muchas ventajas asociadas a una ciudad automatizada o inteligente: regular el tránsito, optimizar trámites que requieren turnos, entre otras. Pero si no existe cultura ni inteligencia ciudadana, puede generarse un cortocircuito en el sistema. Es fundamental considerar cómo hacer que los ciudadanos se sientan más cómodos en su ciudad, pero sobre todo, cómo lograr que aporten a que seamos más eficientes y respetuosos como sociedad. Una ciudad no debe ser solo inteligente: debe tener alma. Debe ser capaz de combinar sensores con sensibilidad. Que no tema innovar, pero que tampoco olvide al ser humano.Lo que nuestra región necesita no es solo tecnología que conecte, sino que comprenda. Ciudades más ágiles, sí, pero también más cercanas, más nuestras.